Como seguidor incondicional del universo de Batman creado por Rocksteady Studios, tenía expectativas enormes para Suicide Squad: Kill the Justice League. La promesa de controlar a Harley Quinn, Deadshot, Boomerang y King Shark en una aventura que enfrentaría a estos antihéroes contra una Liga de la Justicia corrompida sonaba irresistible. Lamentablemente, el resultado final dista mucho de la excelencia que caracterizó a la trilogía Arkham.
Una premisa narrativa prometedora
La historia arranca con fuerza: Brainiac ha invadido Metrópolis y ha lavado el cerebro a Superman, Batman, Green Lantern y Flash, convirtiendo a los héroes más queridos del mundo en amenazas letales. El Escuadrón Suicida, dirigido por Amanda Waller, debe infiltrarse en la ciudad y eliminar a sus antiguos protectores. Es un planteamiento audaz que pone al jugador en una posición moralmente compleja.
Los momentos narrativos más brillantes llegan cuando el juego explora las dinámicas entre los personajes. Harley Quinn roba cada escena con su carisma caótico, mientras que la tensión entre Deadshot y Boomerang genera momentos genuinamente divertidos. El encuentro inicial con Batman corrompido es visceral y emotivo, recordándome por qué Rocksteady comprende tan bien a estos personajes.
Sin embargo, la narrativa se diluye conforme avanza la aventura. Los encuentros con otros miembros de la Liga se sienten apresurados, perdiendo el impacto emocional que debería caracterizar estos momentos climáticos. El juego lucha por mantener el tono entre la comedia irreverente y el drama genuino, resultando en una experiencia narrativa inconsistente.

Combate y mecánicas: más frustración que diversión
Aquí es donde Suicide Squad tropieza más notoriamente. Cada personaje cuenta con habilidades únicas: Harley domina el combate cuerpo a cuerpo con su bate, Deadshot ofrece precisión a distancia, Boomerang combina velocidad con ataques de área, y King Shark aplasta enemigos con fuerza bruta. En papel, suena fantástico.
La realidad es considerablemente menos emocionante. Los combates se reducen a patrones repetitivos donde disparas a hordas de enemigos idénticos mientras esquivas ataques telegráficos. Los jefes finales, que deberían ser los momentos más memorables, se convierten en pruebas de resistencia tediosas donde repites las mismas estrategias una y otra vez.
El sistema de progresión basado en looter-shooter se siente completamente fuera de lugar. Constantemente recoges armas con estadísticas marginalmente mejores, pero ninguna se siente verdaderamente diferente o especial. Esta aproximación funciona en Destiny o Diablo, pero aquí solo interrumpe el flujo de la acción con menús innecesariamente complejos.

Diseño de mundo y presentación técnica
Visualmente, Metrópolis impresiona en PS5. Los rascacielos se alzan majestuosos mientras la iluminación volumétrica crea atmósferas convincentes durante diferentes momentos del día. Los efectos de partículas durante las explosiones aprovechan el poder del SSD para mantener la acción fluida, y el audio espacial del Tempest 3D hace que cada disparo resuene con impacto.
Pero explorar esta ciudad se vuelve monótono rápidamente. Los objetivos secundarios carecen de variedad: rescatar civiles, destruir torres de comunicación de Brainiac, o eliminar grupos de enemigos en ubicaciones prácticamente idénticas. La falta de puzzles ambientales o elementos de exploración más profundos hace que Metrópolis se sienta como un decorado bonito pero vacío.
Las animaciones faciales durante las cinemáticas mantienen el estándar de calidad esperado de Rocksteady, especialmente en PS5 donde los detalles se aprecian nítidamente. Sin embargo, algunos bugs ocasionales rompen la inmersión, como enemigos que aparecen dentro de estructuras o efectos de sonido que no se reproducen correctamente.

Cooperativo: el elemento más rescatable
El modo cooperativo para hasta cuatro jugadores representa lo mejor de Suicide Squad. Coordinar ataques combinados entre personajes genera momentos de satisfacción genuina que el modo individual no logra alcanzar. Ver a un amigo lanzar enemigos con King Shark mientras otro los remata con Deadshot desde las alturas recrea la sensación de trabajo en equipo que estos personajes deberían transmitir.
No obstante, incluso aquí el diseño de misiones repetitivo limita el potencial. Después de algunas sesiones, la novedad se desvanece y los mismos problemas fundamentales del juego emergen: falta de variedad en objetivos, progresión poco satisfactoria y combates que priorizan cantidad sobre calidad.

Veredicto: potencial desperdiciado
Suicide Squad: Kill the Justice League no es un mal juego, pero tampoco alcanza la grandeza que esperaba de Rocksteady. Hay destellos brillantes en su narrativa y algunos momentos cooperativos genuinamente divertidos, pero estos elementos positivos se ven eclipsados por decisiones de diseño cuestionables y una falta de variedad que hace que la experiencia se vuelva repetitiva demasiado pronto.
Para fans incondicionales del universo Arkham, vale la pena experimentar esta versión alternativa de estos personajes icónicos. Sin embargo, quienes busquen la próxima obra maestra de superhéroes deberán seguir esperando. Rocksteady demostró que puede crear momentos memorables, pero necesita recordar qué hizo especiales a sus juegos anteriores: la variedad, la innovación mecánica y la perfecta integración entre narrativa y gameplay.

